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Visionario e inacabado: el enigma De Zerbi, el técnico que divide más que nadie

de Michele Pavese

Roberto De Zerbi ya no es el entrenador del Olympique de Marsella. Un final cantado: los números, las encuestas, la eliminación en la Champions y la manita encajada en París, la debacle europea, todo empujaba hacia la ruptura. Y, sin embargo, la verdadera noticia no es el despido en sí, sino la carga de dudas que una vez más acompaña a la que quizá sea la figura más discutida entre los técnicos italianos de los últimos años.

El 65% de la afición del OM pedía el cambio en el banquillo. Un porcentaje rotundo, casi brutal. Detrás de esa cifra, como suele ocurrir, se esconde una fractura más profunda: la que separa la idea de fútbol de la gestión de la realidad. De Zerbi es un entrenador que seduce en la teoría y divide en la práctica. Es capaz de arrastrar a un grupo con su carisma y con una propuesta de juego identitaria, reconocible, casi ideológica. Pero cuando los resultados se resquebrajan (o, peor aún, no llegan), su modelo se expone a críticas feroces.

En Marsella quedó atrapado en sus propias paradojas. En treinta partidos cambió casi siempre de once, en una temporada marcada por lesiones y bajones de forma, pero también por decisiones técnicas que desorientaron al entorno. Sistemas fluidos, roles intercambiables y piezas clave apartadas: Maupay, Balerdi, Murillo, Rulli. Una gestión que para algunos es sinónimo de valentía y meritocracia; para otros, de inestabilidad. La fractura en el vestuario era evidente: de un lado, quienes veían en él a un líder capaz de elevar el nivel del grupo; del otro, quienes tenían dificultades para seguir un plan percibido como poco claro.

La escena más simbólica sigue siendo la del Parque de los Príncipes. Tras la dura derrota contra el PSG, interpelado por los periodistas, De Zerbi repitió varias veces: "No lo sé". "No lo sé" sobre por qué el equipo se vino abajo. "No lo sé" qué ocurrió. Una confesión rara en el fútbol contemporáneo, donde los entrenadores se aferran a explicaciones tácticas o a jugadas arbitrales con tal de no mostrar dudas. Ese "no lo sé" fue leído por muchos como una admisión de desconcierto. Y ahí nace la duda central: ¿puede un técnico reconocer que no tiene respuestas y, al mismo tiempo, ser el hombre adecuado para encontrarlas y remontar la cuesta?

La respuesta del club fue no y, por tanto, llegó la separación, a las puertas de un tramo decisivo entre liga y Copa de Francia. No es un fracaso total, porque también en Marsella De Zerbi dejó lo que lleva años acompañándole: momentos de gran fútbol, fases de dominio técnico y conceptual, alternadas con apagones repentinos, a veces incomprensibles. Es su sello. Pasó en el Sassuolo, donde levantó una pequeña revolución cultural pero sin dar nunca el salto definitivo. Pasó en el Shakhtar Donetsk, un proyecto interrumpido por la guerra pero ya marcado por altibajos. Pasó en el Brighton, donde la expectación europea convivía con periodos de fragilidad estructural. Y ha pasado ahora en el OM.

De Zerbi es un técnico divisivo porque no es neutro. No se limita a administrar. Propone, se expone, arriesga. Es un teórico del juego antes que un gestor de equilibrios. En una época en la que el pragmatismo suele ser premiado, él se mantiene fiel a una visión casi radical del fútbol. El problema es que esa visión exige tiempo, confianza y una estabilidad que rara vez encuentra. Y cuando el contexto se resquebraja, su figura se convierte en el blanco natural. Como también se vuelve inevitable la pregunta: "¿Qué hará ahora?". Opciones no le van a faltar, porque su nombre sigue generando atractivo en clubes que buscan identidad y proyecto. Pero la cuestión, una vez más, es si será capaz de cerrar la brecha entre la idea y la continuidad, entre el pico y la estabilidad. Porque el talento no se discute; la duda tiene que ver con la madurez. ¿Puede De Zerbi evolucionar sin traicionarse? ¿Puede encontrar un equilibrio entre dogma y adaptación, entre ilusión y realidad?

Quizá sea eso lo que le convierte en el entrenador italiano más discutido de los últimos años: no deja indiferente. Divide a aficionados, vestuarios y analistas. Genera entusiasmo y escepticismo a partes iguales. Cada aventura suya parece a punto de consagrarle definitivamente y, cada vez, algo se atasca antes de la meta y lo devuelve al punto de partida. Marsella es solo el último capítulo de una historia aún abierta. Y el próximo, como siempre ocurre con De Zerbi, llegará acompañado de la misma pregunta: ¿genio inacabado o técnico en busca de su madurez definitiva?


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