Veinte años sin una sonrisa mundialista: 2017 parecía una excepción y se convirtió en la norma
Desde el 24 de junio de 2014, en Italia han nacido unos cinco millones de personas. Cumplirán doce años a lo largo de 2026; cuando llegue 2030 tendrán dieciséis. Ninguno de ellos ha visto jamás a la selección italiana participar en un Mundial: la fecha de apertura remite a aquel Italia-Uruguay, último partido de la expedición azzurra en Brasil 2014. Una aventura fallida, aunque no tanto como lo que nos esperaba después.
Veinte años sin una sonrisa mundialista. Aquel Mundial de Brasil, de hecho, pareció una debacle: Cesare Prandelli presentó su dimisión —algo inédito— nada más sonar el pitido final. Le siguió Giancarlo Abete. No podíamos imaginar lo que vendría después, ni que el triunfo ante Inglaterra en Manaos, en el primer partido del grupo, se convertiría durante más de una década en la única victoria en una Copa del Mundo. Parecía el punto más bajo de una selección que ya en 2010 había ido fatal: con Marcello Lippi en el banquillo, la cita sudafricana fue un desastre. De hecho, la última alegría azzurra en la competición más deseada sigue siendo la final de 2006.
Parecía una excepción, se ha convertido en la norma. Veinte años marcan a un país. Matan el fútbol. Uno se engancha animando a la selección, antes que nada. Quien hoy tiene veinte años —y tendrá veinticuatro en 2030, próximo horizonte mundialista para Italia— no ha vivido jamás las alegrías y los sinsabores de los veranos de la Azzurra: ¿cómo va a encariñarse? Y no lo hace: no hay datos oficiales, pero sí encuestas y mediciones. Según Nielsen, en 2008 los aficionados al fútbol rondaban los 28 millones. Los últimos estudios sitúan la cifra entre 21–22 y, como mucho, 25 en 2026. En el mejor de los casos, la selección ha perdido tres millones de seguidores. Al fin y al cabo, quedarse sin Mundial parecía algo anómalo: en 2017 costaba creerlo; hoy es una dolorosa normalidad. Te vas a dormir con los ojos húmedos de lágrimas, te despiertas pensando “otra vez” y vuelves a la vida de cada día. Y el fútbol pierde otra pizca de pasión.