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Dos títulos y después, el vacío: el Chelsea FC ha vuelto a complicarlo todo con el cambio en el banquillo

de Michele Pavese

Hace apenas unos meses, el Chelsea FC vivió una noche que apuntaba a un renacimiento definitivo. El triunfo en el Mundial de Clubes, unido a la Conference League, suponía la cima del proyecto de Enzo Maresca: en una sola temporada, el técnico italiano había devuelto credibilidad, identidad y ambición a un club que venía de años confusos y, a menudo, decepcionantes.

Pero en el fútbol de hoy la memoria es cortísima. En Año Nuevo, Maresca dejó el cargo de mutuo acuerdo con el club, una decisión que dejó más de una duda por los tiempos y las formas. En su lugar llegó Liam Rosenior, ascendido sobre la marcha desde la "filial", el RC Strasbourg, entidad integrada en el mismo grupo propietario de los Blues. Una apuesta que debía suponer un punto de inflexión, pero que en la práctica no ha cambiado nada: un equipo sin carácter, resultados irregulares y una sensación constante de precariedad.

La paradoja se ha hecho evidente precisamente en Europa: fuera de la Champions League ante ese Paris Saint-Germain al que, apenas unos meses antes, había dominado en la final del Mundial de Clubes. Mientras tanto, los parisinos han vuelto a competir a otro nivel, mientras el Chelsea ha recaído en la incertidumbre, casi a merced de los acontecimientos. No es localismo ni una defensa de oficio de los técnicos italianos, porque el problema parece más profundo: una gestión del banquillo demasiado volátil, entre luchas internas, equilibrios frágiles y malestar en el vestuario. Así, incluso quien gana acaba siendo apartado con rapidez. Y el resultado salta a la vista: un club que, en lugar de construir sobre bases sólidas, sigue empezando de cero.


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