Atalanta, en el mercado, un mensaje contundente entre hechos y ambición (nada de dar un paso atrás)
En el mercado, la Atalanta es un poco como "Tiburón": mientras todos se quedan a flote en la superficie, ella aparece y arrasa a la competencia de un solo mordisco. Y eso que en la "playa" de las negociaciones hay un cartel de aviso (como en Australia): "¡Peligro! La Atalanta puede quitarte al jugador". Nadie parece hacerle caso y, mientras tanto, la Dea golpea en el momento justo.
Bromas sobre la obra maestra de Spielberg al margen, el club nerazzurro ha lanzado un mensaje muy potente al fichar a Giacomo Raspadori del Atlético de Madrid. Una operación que subraya no solo la ambición de la Atalanta (tras los 125 millones ya invertidos en verano), sino, sobre todo, el músculo económico de una propiedad que actúa exactamente como una grande: llamar, negociar, escuchar, pagar, firmar.
Una rutina en apariencia sencilla, que demuestra, sin embargo, que la Atalanta sigue siendo una gran realidad pese a estar en pleno cambio de ciclo. Claro que no está exenta de errores (pagó muy caro el primer tramo con Ivan Juric en el banquillo), pero el concepto de "redimensionamiento" se ha entendido para ampliar y no para reducir. La diferencia la marca la solidez del proyecto: prioridad, mantenerse en la zona alta ofreciendo certezas y confianza (nada de cesiones, solo traspasos en propiedad), un factor que empuja a los jugadores a abrazar la causa bergamasca, como Jack.
En todo ello también aflora la respuesta implícita, mostrada con hechos y no con simples palabras, de la familia Percassi-Pagliuca: dar un golpe sobre la mesa en plena remontada y con la clasificación apretadísima, apuntando a volver al top 4. La Atalanta se confirma como un modelo capaz no solo de no dormirse en los laureles (a la espera del veredicto del césped), sino de subir constantemente el listón, abrazando esa mentalidad que la ha distinguido en los últimos nueve años.