El club más grande del mundo, la afición más voluble: Vinicius y la paradoja del Real Madrid
De la pitada a la ovación en cuestión de días. Bastó un gol para que el Santiago Bernabéu pasara de la bronca al aplauso atronador a Vinicius Jr.. Una paradoja que explica mejor que cualquier estadística la locura de un entorno único, capaz de encumbrar y devorar a sus estrellas con la misma rapidez.
Ante el Levante, en LaLiga, Vinicius fue silbado en cada balón que tocó. En Champions, contra el AS Mónaco, se convirtió en el hombre de la goleada: un gol, una asistencia, un gol en propia puerta provocado y peligro constante. Todo olvidado, borrón y cuenta nueva, como si nada hubiera pasado. El Real Madrid es también eso: el club más laureado del mundo, pero quizá el menos indulgente con los suyos. Aquí no hay atenuantes, no existe el 'contexto' ni el 'mal momento'. O rindes al máximo o entras en debate. Al instante, sin apelación.
Lo ha vivido Vinicius, lo ha vivido Jude Bellingham y antes que ellos incluso Carlo Ancelotti. Sí, el entrenador más ganador de la historia del club, el hombre que trajo Champions y estabilidad, y que aun así fue discutido, puesto en duda, tratado como uno más. Esa es la gran paradoja del Real Madrid: ganar nunca basta, y perder —aunque sea un partido— no entra en el guion. Álvaro Arbeloa está intentando poner orden y ha defendido a Vinicius reafirmando públicamente su confianza. Palabras justas, casi necesarias, en un entorno que a menudo parece olvidar el valor de sus campeones a la primera dificultad. Vinicius, por su parte, respondió sobre el césped y fuera de él, declarando su amor por el Madrid y su voluntad de quedarse mucho tiempo. Un mensaje nítido, en medio de meses de rumores, tensiones y negociaciones congeladas.
Dicho esto, sería deshonesto absolver por completo al brasileño. Vinicius no es una víctima propiciatoria: sus gestos, las provocaciones, la relación a menudo conflictiva con rivales y árbitros han alimentado el malestar. Tiene parte de responsabilidad, y conviene decirlo. Pero nada justifica una contestación tan dura. El Real Madrid sigue siendo un club extraordinario y profundamente contradictorio. Un lugar donde la excelencia es obligatoria, donde el éxito se da por hecho y el error no se tolera; donde las estrellas son juzgadas, sometidas a examen y, si hace falta, sacrificadas. Aunque lo hayan ganado todo y aún tengan mucho que ofrecer.