Gravina dimite. Su etapa en la FIGC: elegido tres veces, dos Mundiales fallidos, la victoria en la Eurocopa y cero reformas. Un presidente que solo será recordado por lo negativo
Gabriele Gravina dimite como presidente de la FIGC. La noticia ha llegado hace unos minutos y no es más que el desenlace natural de una etapa iniciada en 2018 y cerrada tras la segunda ausencia mundialista consecutiva bajo sus mandatos (la tercera de Italia). Para repasar su trayectoria al frente de la Federación hay que remontarse al 22 de octubre de 2018, día de su primera elección, con el 97,20% de los votos, uno de los porcentajes más altos de la historia. El 22 de febrero de 2021 fue reelegido por segunda vez con el 73,45% (el otro candidato, Cosimo Sibilia, se quedó en el 26,25%) para el ciclo 2021-2024 y, el 3 de febrero de 2025, con el 98,7%, volvió a ser confirmado al frente de la FIGC hasta 2028, un mandato que, a todas luces, no completará.
Dos fracasos mundialistas y la victoria en la Eurocopa.
Su etapa al frente de la FIGC, por desgracia, quedará marcada por lo negativo, porque nada ni nadie borrará la amargura de quedarse fuera de los Mundiales de 2022 y 2026 tras las derrotas ante Macedonia del Norte y Bosnia. Si Suecia ya había hecho daño en 2017, abriendo un túnel del que la Azzurra aún no ha salido, los dos tropiezos posteriores fueron aún peores. Y qué decir del desastre en la última Eurocopa, donde el único que pagó fue Spalletti, cuando el propio Gravina también pudo, y debió, dar un paso al lado meses antes. O más bien tarde, si se tiene en cuenta que quizá ya tras la derrota de Palermo ante Macedonia, en 2022, tocaba dejar el sillón.
La única alegría.
Todo el 'mal' quedó tapado por la única alegría: la victoria en la Eurocopa de 2021. El milagro de Roberto Mancini y Gianluca Vialli, sostenido por aquella racha increíble de resultados consecutivos de aquella selección, solo sirvió para esconder durante un tiempo la suciedad bajo la alfombra. Que quede claro: ese éxito permanecerá para siempre en la historia del fútbol italiano, pero las debacles en las clasificaciones para el Mundial serán para siempre una mancha imposible de borrar.
Cero reformas.
Y, por último, el trabajo propiamente dicho realizado por la Federación bajo los mandatos de Gabriele Gravina. Nada. Ni una reforma, ni un plan para resucitar el fútbol italiano tras las ausencias en Rusia 2018 y Catar 2022. Una vergüenza, sin rodeos. Gravina y su equipo, si así puede llamarse, no hicieron nada, y eso no es un detalle menor. Quien llegue ahora tendrá la misión de acabar con este inmovilismo. El fútbol italiano necesita cambios. Hace falta una revolución: el tiempo se ha agotado.